Cada mañana que me levanto es un nuevo respiro, un nuevo día, un nuevo comienzo.
El día transcurre y todos esos sucesos que me angustian, me hacen feliz, me exaltan y me deprimen, no serán nada cuando apoye mi cabeza en la almohada. Las horas pasan cuando estoy consiente o sumida en el sueño, y si me atrevo a mirar atrás, tantas horas, tantos minutos, tantos segundos haciendo nada, malgastando el tiempo. Gente que conocemos, cosas que decimos, es como si todo se esfumara antes de que comience el día siguiente.
Un hombre de cuarenta y dos años, siete meses, dieciocho días y cuatro horas de haber respirado por primera vez, camina a paso veloz con un maletín lleno de papeles, una carpeta y un archivador bajo el brazo, revisa su reloj cada un minuto porque llega tarde a una reunión mientras que una muchacha de veintidós años, tres meses, doce días y veinte horas, va despreocupada de la vida, cruza la calle y pasa a medio metro de aquel hombre. Entonces, aquel momento, se borrará de la memoria de ambos. ¿De que servirá entonces que haya tantos entes pensantes en este mundo? ¿Estará alguien mas viendo el atardecer en algún otro lugar del mundo? ¿Qué estará haciendo toda la gente que no está aquí?.
Y es por eso que yo me sumergiré en las profundidades del cielo y me fundiré con las nubes, haber si algún día cuando ya no haya tantas caras que ver, precipite hasta llegar al sueño... a lo mejor alguien mas se fundió en las nubes conmigo y no me di cuenta.